Cuando el fútbol del Madrid declinaba -campo pesado, lluvia pertinaz, la fatiga al acecho, el Deportivo espoleado-, cuando el tanto de Granero parecía insuficiente y el rival crecía, Guti regaló a Benzema el gol de la Liga. Pudo hacerlo él, solo delante de Aranzubia, pero vio detrás la sombra del francés impaciente y eligió el taconazo; antes, tumbó al cancerbero. Benzema remató a placer, toda la portería para él. No olvidará el gesto de calidad de su compañero, generoso hasta el infinito y más allá. Guti, la quintaesencia, reconquistó Riazor para su equipo 18 años y tres meses después.
Antes del Deportivo-Real Madrid captó toda la atención Cristiano Ronaldo, como si el partido sin él no se fuera a celebrar, como si su equipo sin él fuera incapaz de ganar donde otros Madrides también doblaron el espinazo. Apelaciones, recursos, el club entregado a una causa menor, inconcebible en un presupuesto de 400 millones; todo esfuerzo parecía poco y el desgaste administrativo, y de imagen, excesivo. Aterrorizaba esta visita; pero Ronaldo se quedó en casa y Pellegrini, con tantas bajas como Lotina, afrontó el choque sin complejos y consciente de que, estadísticas al margen, sólo le servía la victoria. Había ganado el Barça en El Molinón y el agua, 8 puntos de distancia, le llegaba al cuello.
Cubrió los huecos de las ausencias con futbolistas también contrastados. Reorganizó la defensa y confeccionó una media cerebral, creativa, con Xabi Alonso, el más defensivo, rodeado de Kaká, Granero y el, por esta vez, genio de la lámpara: Guti.
Guti se apoderó del centro del campo sin que Antonio Tomás, Juca, Juan Rodríguez, Pablo Álvarez y Valerón lo evitaran. Le dejaron espacios, le permitieron moverse y se encontró tan a gusto que tomó el mando. El Madrid giraba en torno a él y del Deportivo apenas había noticias de Valerón, y de su defensa, dormida cuando Granero hizo el 0-1. Fue un gol aéreo: de la cabeza de Laure a la de Kaká, de la de éste a la de Lopo y finalmente a la del «Pirata», que remató sin consideración.
A los 13 minutos el Madrid empezaba a erradicar el maleficio y ofrecía señales contradictorias. Se debatía entre la clarividencia de Guti y la desesperación de Raúl. El capitán se dejaba el alma en cada acción; corre siempre, pero no siempre llega; su lucha no ya tiene recompensa. Benzema le centró medio gol y no llegó; Marcelo le entregó tres cuartos y Aranzubia hizo la parada del partido; erró un control de los que antes le convertían en infalible y su amigo Guti, minutos antes de regalar la joya a Benzema, prefirió pasarle a él la pelota y se le escapó.
El estajanovismo de Raúl resulta opaco, estéril, frente a los destellos mínimos de Kaká, la progresión de Granero, la omnipresencia de Alonso, la velocidad de Benzema y el control absoluto de la situación que ejerce Guti, tantos partidos intermitente.
Como el Madrid no materializó las ocasiones creadas, cumplida la media hora el Deportivo espabiló. Se liberó de complejos y atacó con mayor convicción. Cuando había equilibrado el dominio, cuando exigía a Casillas colocar a sus zagueros, surgió el relámpago de Guti, taconazo sublime y misericordioso que despertó la admiración de tirios y troyanos y la gratitud perpetua de Benzema, regañado con el gol hasta ese luminoso minuto 40.
De todos los partidos que ha disputado el Madrid de Pellegrini, quizá éste sea el más completo, o uno de los más atractivos. Adelantó la defensa, juntó las líneas, los intercambios de posiciones fueron raudos y el fútbol, vertical y a menudo por las bandas. Destacaba la calidad de su centro del campo, el esfuerzo de todos por achicar y concebir o la suma de numerosos efectivos en el ataque. Todo ello originó un desgaste que requirió un esfuerzo suplementario… Y no había recambios. Pellegrini no destaca por su capacidad de improvisación ni por el acierto en los relevos. Ayer no tenía ese problema; el banquillo lo invadían los canteranos y cuando el equipo precisó oxígeno, porque el Deportivo se multiplicaba, no le quedó más remedio que recurrir a Drenthe.
El holandés entró por Raúl; había que apuntalar la zona ancha y socorrer a los «artistas», más ahora que Lotina echó mano de todo su arsenal ofensivo. Riki y Bodipo aparecieron para recortar distancias y lo consiguieron a cinco minutos del final. Ayza Gámez señaló penalti de Ramos a Riki; fue obstrucción, como aquella de Piqué a Cristiano Ronaldo en el Camp Nou que Undiano Mallenco no consideró ni falta.
Riki transformó el penalti, el Dépor se volcó en pos del empate y descuidó la retaguardia. Error faltal y otra jugada preciosista, al primer toque, de tiralíneas: Guti, Kaká, Granero, Arbeloa en la línea de fondo, centro atrás y repique de Benzema. El 1-3 hizo justicia al Madrid, al talento de sus centrocampistas, y acabó así con la maldición de Riazor.
«Pensé que me retiraba sin ganar aquí»
«Pensé que me iba a retirar sin ganar aquí», bromeaba Guti tras el encuentro. De un taconazo, el «14» acabó con los 18 años y tres meses sin vencer en Riazor. «Por lo visto aquí, Guti tendría que ir al Mundial», afirmó Lotina. «El tema de la maldición nos cargó de responsabilidad y hemos sabido responder», explicaba Valdano. El Real Madrid volvió a responder sin Cristiano. «Él es el foco mediático, pero detrás hay una gran plantilla», opinaba el director deportivo.
Pellegrini se mostró «muy contento» con lo que vio en el césped. «Salimos a buscar el triunfo desde el comienzo, aunque no era una final», dijo el chileno. Al principio del partido el Barça estaba a ocho puntos; después, a cinco. «La Liga sigue abierta hasta que las matemáticas lo digan. Este equipo va a seguir luchando hasta el final», reflexionó Pellegrini.
Fuente: La Razón: Fútbol