29 de Enero de 2010 - Escrito por
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El Atlético disfruta con el sufrimiento. Un trastorno del comportamiento que le anima a dejarse dominar cuando tiene la eliminatoria ganada. Tendencias suicidas practicadas durante años que no se superan con facilidad. Es un equipo débil porque tiene la mente enferma. Es un equipo que no sabe divertirse.
Los rojiblancos pelean contra el enemigo y contra su propia naturaleza. El problema es que pueden con los dos o no pueden con ninguno. Aprovechó los momentos en que pudo con los dos para marcar el gol que necesitaba. Marcó Forlán después de un regalo de Noguerol, al que la pelota le hizo un nudo en los pies. El uruguayo corrió a abrazarse con su entrenador para demostrar que no se llevan mal. Un abrazo para demostrar que es mentira que no se quieran. O para decir, «perdona, no lo volveré a hacer más». Y allí, entre los brazos de su técnico, se acabó el Atlético.
Paulo Assunçao es el síntoma de lo que le sucede al Atlético. En una alineación con tres centrocampistas de ataque y dos delanteros que se aburren si esperan la pelota en el área, es el que más se hace notar en el medio campo. Y ya se atreve incluso a hacer jugadas de esas que se escapan a sus posiblidades, con regates en el centro del campo y pases a la banda para la entrada de los extremos.
El brasileño se multiplica para robar y para intentar jugar cuando sus compañeros le ayudan. Cuando la colaboración se termina, simplemente se desespera. Y llegan las expulsiones como le ha ocurrido en los últimos encuentros. Ayer no llegó a tanto. Ni para eso tenía tiempo cuando el Celta se lanzó al ataque como si el mundo se acabase mañana. Y es que el mundo sigue, pero la Copa sí se acababa.
Los argumentos del Celta parecen mucho más sólidos que los del Atlético. Comienzan y terminan con el balón en el suelo. Y sólo se levanta cuando es necesario. Para tirar a puerta como hizo Trashorras en el gol que le anuló el árbitro por lanzar una falta antes de tiempo. O para poner un centro en la cabeza de Joselu que murió en el larguero, como hizo poco después.
La diferencia entre el Atlético y el Celta es que a los gallegos les falta la puntería de los rojiblancos. Aunque ayer Agüero prefirió juguetear con el balón en lugar de mirar lo que le venía por los lados. No vio a Forlán que llegaba por el lado contrario en un contraataque. Tampoco el uruguayo había corrido a abrazarse con el «Kun» cuando marcó. La inercia del Atlético lleva a que cada uno quiera salvarse salvando al equipo por su cuenta. El egoísmo les puede. Y por eso sufren. Estaban rodeados cuando el árbitro les salvó con el pitido final.
Fuente: La Razón: Fútbol
23 de Enero de 2010 - Escrito por
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Madrid- El Atlético necesita la urgencia para sentirse vivo. Situaciones extremas en las que ganarlo todo o despeñarse hasta el abismo. Y nada de eso le ofrecía el Celta. Un rival insulso, más cerca de bajar a Segunda B que de regresar a Primera, sin nada llamativo. Hasta que empezó a jugar. Y se dio prisa, porque a los tres minutos, después de un taconazo de Iago Aspas, ya había marcado Trashorras. Era un aviso de lo que esperaba al Atlético. Porque Trashorras decidió que el partido era suyo y del Celta. El balón se pegó al suelo y el Atlético se quedó en su área, sin respuestas. Sólo con lo que ofrecía Agüero. El «Kun» volvió a sentirse solo, como en sus peores momentos, a pesar de la compañía que le ofreció su entrenador. Con Paulo Assunção sancionado, Quique dio el mando a Raúl García y Tiago, con Jurado por delante y Reyes y Simão en los costados. Pero algo falla en el Atlético, porque cuantos más futbolistas de verdad se juntan en el campo, menos fútbol le sale. Como si en la abundancia se sintieran incómodos. Porque en el Calderón llevan años acostumbrados a la economía de guerra.
Reaccionó lo justo el Atlético para que Tiago empatara en un remate de cabeza. Llegó pronto la igualada, pero no reanimó a los rojiblancos. Porque el Celta tenía un estilo. Y tenía futbolistas como Trashorras que dignificó ayer la camiseta con el número «10». Estaba en todos los sitios, cuando la pelota se paraba para sacar faltas y córners y cuando estaba viva para darle sentido al juego. Dio un curso de controles, de caños y de toque de balón. Un futbolista de clase que desarmó al Atlético. Sólo le faltó un delantero al lado para rematar.
El Atlético quedó reducido a dos jugadores, De Gea y Agüero. Se vio más al portero del Atlético que al del Celta. La suerte de los rojiblancos es que De Gea siempre responde. Lo hizo cuando debutó en la Liga de Campeones y lo ha seguido haciendo cada vez que ha tenido un hueco en la alineación. El joven guardameta todavía aguanta el sobreesfuerzo al que le obligan sus compañeros. Llega descansado porque sólo juega en Copa y no tiene que recorrerse el campo con dos defensas colgados de la espalda y otro preparado para lanzarse al suelo. Como le sucede a Agüero. Da la impresión de que cada partido del Atlético le roba un año de vida al argentino. En cada acción parece al límite de sus posibilidades físicas. Y las patadas de los rivales no ayudan. Da igual que el equipo que está enfrente no sea especialmente violento -el Celta no lo es- pero cuando ataca el Atlético las probabilidades de que la pelota acabe en sus pies son muchas. Y la de recibir patadas se multiplica.
A Trashorras no le pasa lo mismo. Cuando tiene la pelota sus compañeros se le ofrecen. Y así es todo mucho más sencillo. El consuelo para el Atlético es que la eliminatoria está como le gusta. En el límite.
Quique: «Hay que cambiar la versión grosera de hoy»
«No hemos sabido jugar ni leer el encuentro. Ni cambiar el dibujo nos ha servido para nada. No hemos sido capaces ni de jugar mejor ni de neutralizar al Celta. Han sido mucho mejores», comentaba Quique después del partido. Tocaba la versión desencantada del entrenador rojiblanco, desesperado porque no encontraba la manera de activar a su equipo. «Con todos los errores cometidos, lo mejor es el resultado. Ahora, a cambiar esa versión grosera de hoy de equipo que no combina y no crea ocasiones». Sólo Tiago le ofreció un poco de esperanza. «Daba la sensación de que era el único jugador que quería bajarla al suelo y cambiar el tercio del partido», admitía Quique.
«El equipo ha mostrado personalidad en un campo muy importante y frente a un gran rival», comentaba orgulloso Eusebio, el entrenador del Celta, después del partido.
Fuente: La Razón: Fútbol
23 de Enero de 2010 - Escrito por
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Es el del Atlético un fútbol en estado puro, dice Simao. No le falta razón. Lo que no revela el portugués es si es puro por inocente, por primitivo o por salvaje. O por las tres cosas a la vez. Se supone que este torneo, la Copa, le gusta al Atlético, a sus aficionados, ativos, a su técnico. Que mde 40.000, imaginan una final, ¡una final!, que ya es imaginación, contra el Sevilla, dos grandes cara a cara, ¿dos grandes?… Uno y medio quizá. Y el uno vive en el Sánchez Pizjuán. Jugó el Atlético contra el Celta o, para ser más sinceros, jugó el Celta contra el Atlético. Contra él y con él. Le dio un repaso de principio a fin, de un área a otra, el segunda golpeando al grande, o no tan grande, a ese equipo que ha acumulado tres triunfos consecutivos pero que no se encuentra, que no sabe si va o viene, que es capaz de sobrevivir porque su portería, en la Copa, la protege un chico de 19 años que se apellida De Gea y que anoche opositó de nuevo y consiguió el doctorado; aún más, logró incluso evitar el despido del Atlético, masacrado como fue por un Celta valiente, rápido, que enseñó un fútbol… en estado puro. Esto es: ni inocente, ni primitivo, ni salvaje.

Fuente: ELPAIS.com – Fútbol