
El discurso reiterativo de Quique pidiendo perdón ya cansa, lo mismo que el absurdo optimismo de Cerezo o los fallos reiterativos de Perea. También hastía la política de fichajes de García Pitarch y, especialmente, los silencios de Miguel Ángel Gil, dueño del club, que se ha «borrado» de la parcela deportiva y que se dirige a los socios a través de un boletín para contarles las excelencias de la futura ciudad deportiva y del nuevo estadio en La Peineta. Así está el Atlético, semifinalista de la Copa y a seis puntos del descenso, una amenaza que no puede descartarse cuando por el Calderón deben pasar el Barcelona, el Valencia, el Deportivo y el Athletic, entre otros.
La llegada de Quique como sustituto de Abel no ha resuelto los problemas. El equipo juega mal, concede mucho al rival en defensa y se mueve a impulsos. La temporada pasada bastó la inspiración de Forlán y Agüero para quedar cuarto y entrar en la Liga de Campeones. Ahora ya no vale y en los partidos de ida y vuelta, es el Atlético el que pierde.
La portería está bien cubierta. A Asenjo y De Gea les falta experiencia -tiene más el palentino- pero su futuro es prometedor. El club prefirió gastarse seis millones en Asenjo antes que renovar a Leo Franco y tener a De Gea aprendiendo a su lado. Además, se cuenta con Joel, meta del equipo B, que apunta muy alto.
La defensa es una pesadilla y después de marear la perdiz, el técnico, que ignora a Pablo, Juanito y Pernía, hace bien poco internacionales los tres, ha apostado por la experiencia de Ujfalusi, la rapidez del denostado Perea -con el balón en los pies es un auténtico peligro para sus compañeros-, la juventud y las ganas de Domínguez y el pundonor de Antonio López.
Valera también ha contado para Quique, y por su rendimiento, a excepción de Domínguez en fase de aprendizaje, ninguno ha demostrado solvencia para jugar en un equipo con aspiraciones como se le supone al Atlético. Lo que no implica que en otros clubes su rendimiento fuese superior, pero parece que les pesa el escudo rojiblanco.
El centro del campo ha sido la rémora del equipo desde hace años. La falta de un organizador, un jugador de toque, buena visión y que mande sobre sus compañeros, se acusa mucho. La pareja Assunçao -un estajonovista que sale casi a tarjeta por partido- y Raúl García no funcionó. Llegó Cléber, se le renovó y se ha ido a Brasil sin demostrar nada. Su plaza la ocupa ahora Tiago y, de momento, no ha hecho nada. El portugués, que se parece poco a su compatriota Rui Costa, con quien quieren compararlo, no parece dotado para parar, templar y mandar. Endeble físicamente, aporta buen toque, pero no está llamado para labores de recuperar la pelota. Lo mismo le pasa a Jurado, quien, tras una espléndida campaña en el Mallorca, en el Atlético se estanca. No es disculpa que no juegue, a veces, en su posición ideal. Calidad individual tiene, pero le falta talento para el juego colectivo. A Quique le gusta como engache por detrás de un delantero. Raúl García no se parece al de Osasuna, su progesión no es la adecuda.
Camacho apenas ha contado, se fue Maxi y con Simão, desconocido este año, y Reyes, marginado por Abel y con ganas de rehabilitarse como futbolista, hay un problema. Están acostumbrados a jugar por fuera y pese a que tratan de ayudar, el equipo, en muchos partidos, se parte, se descompensa y da ventaja al rival para plantarse ante la defensa. De ahí las faltas de Assunçao y los errores en cadena de los zagueros. En el primer gol del Málaga, con Ujfalusi en el suelo, a Simao se le escapó Gámez.
Todos esos desajustes y la falta de concentración hacen que el Atlético haya encajado en cinco partidos goles antes de que se cumpliesen cinco minutos.
Forlán ha perdido pegada y Agüero, que ha estado lesionado, es el que más inventa por su calidad individual. Llevan ocho goles cada uno y el equipo necesita más, especialmente en partidos importantes.
Así, con la errática política de fichajes por parte de Pitarch, habrá que ver el rendimiento de Salvio, y en una economía de guerra, el Atlético se ha convertido en un club del montón. Desde que en 1987 tomó el poder la familia Gil sólo ha ganado una Liga y tres Copas, con dos años en el «infierno», una intervención judicial y una dudosa gestión. El argumento de que son los dueños no es discutible. Lo que sí tiene discusión es que juegan con los sentimientos de miles de seguidores.
Fuente: La Razón: Fútbol