MADRID- Ibrahima habla un español claro con palabras argentinas. Sin acento de allá, pero con sentimiento. Allí llegó por casualidad, como le ha ido sucediendo casi todo. Por culpa de un amigo de su padre que vivía en Argentina y de sus pocas ganas de coger los libros. «Yo jugaba al fútbol en el barrio. Mi padre le dijo que yo no quería estudiar y su amigo le propuso que me fuera a probar a Argentina». «Nosotros no sabíamos ni dónde quedaba Argentina. Mi- ramos mucho el fútbol de Francia, de España. Pero como estaba bus- cando salida para jugar, me mandó el dinero para el billete y me fui. Cuando llegué, él estaba en Mar del Plata y yo no sabía una palabra de español. Me tuve que entender por señas con la dueña del apartamento y así empecé».
Después llegó la cantera de Vé- lez Sarsfield y otra casualidad le puso en el camino de José Sánchez Parra, algo más que su representante. «Toda mi familia está en Senegal, pero tengo también una familia acá. Tengo dos familias, una blanca y una negra. Allí está la familia de mi padre y mi madre. Y mis hermanos, que somos casi un equipo de basket, somos siete y yo soy el mayor». Su nueva familia es la de Sánchez Parra, el hombre que lo acoge y que le hace de chófer hasta que consiga sacarse el carné de conducir. Todavía está con el teórico, que para él «es más difícil que marcar un gol». «Soy muy vago para los libros», reconoce el futbolista.
Aunque ahora que juega en el primer equipo del Atlético, mañana contra el Barcelona, Ibra, Ibou para sus dos familias, reconoce que nada cambia. «Sólo hay que jugar al fútbol», asegura. Igual que hacía en el barrio en Senegal. «Ju- gábamos por leche o por dinero», recuerda. «Nosotros éramos los pobres y jugábamos contra los ricos. Teníamos que ganarles sí o sí. Decíamos que los hijos de pobres no podían perder contra los hijos de ricos. Los ricos venían a lo mejor con 100 euros y nosotros con 50, porque no teníamos más. Y no nos quedaba otra que ir a ver a nuestras madres para que nos dejaran dinero o pedírselo a alguien. Sabíamos que después había que devolverlo», cuenta con un gesto de picardía en la cara. Su primera responsabilidad como futbolista era devolver el dinero a su madre. «Se jugaba en nuestro barrio, en un campo de tierra, con piedras. Un campo donde no se puede jugar al fútbol, pero nosotros jugábamos. Si íbamos ganando, queríamos que se acabara rápido y para que el partido no siguiera, alguno mandaba el balón al patio de alguna casa para que se acabara. Después, cada uno devolvía el dinero a su madre o a quien se lo hubiera dejado y con lo que quedaba nos juntábamos el domingo por la noche y hacíamos una comida con los amigos». ¿Y si perdían? «No perdíamos», responde. No se lo podían permitir.
Aquellos partidos en la arena del barrio han marcado su estilo. «Acá hay otra mentalidad, pero a veces hay que utilizar el fútbol de barrio. A mí me ha servido mucho en mi carrera en el fútbol, porque en la calle no hay reglas y no hay que pensar en el rival. Yo no regalo nada a nadie en ningún partido ni en ningún entrenamiento. Me ha hecho maduro, fuerte y me ha- ce sentirme un hombre, como dice mi padre».

Su primer gol en primera
Los recuerdos de su primer gol con el Atlético, el 17 de enero contra el Sporting, tiene que buscarlos en las imágenes de televisión o en su club de fans en Facebook ­-el oficial, Ibrahima Balde. «Me volví loco. Sólo la gente que estaba allí puede decirme lo que pasó, yo no me acuerdo de nada», añade. Sólo sabe que lo gritó, porque «un delantero siempre tiene que gritar un gol, en Primera o en el barrio, porque cuando fallas te van a “putear” y te tienes que aguantar». Ahora, mientras intenta seguir colaborando con sus goles y con su fútbol, continúa aprendiendo de compañeros, como Forlán, Agüero o Simao. «Un jugador del B tiene que aprender de ellos y hacer las cosas bien para    cuando te toque jugar intentar estar a su altura». Está en el camino.

Fuente: La Razón: Fútbol